A la puerta del bar

martes, abril 26, 2016

Tres perros

Viendo estos perros mirar con ansiedad el interior de un bar recordé "El coloquio de los perros", una de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, en la que dos canes que guardan el Hospital de la Resurrección de Valladolid, Cipión y Berganza, pueden milagrosamente hablar y se cuentan su vida. 

El primero en hacerlo es Berganza y queda para el día siguiente (que nunca llega) la réplica que debía darle Cipión.


Fragmento sobre el Nacimiento de Berganza:

“BERGANZA: Me parece que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla y en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por lo que cabe imaginar, si no fuese por lo que después te diré, que mis padres fueron alanos* (Perro de presa, corpulento y fuerte), de aquellos que crían los matarifes o carniceros. El primero a quien tuve por amo fue un tal Nicolás el Romo, mozo robusto, fuerte y colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la carnicería. Este tal Nicolás me enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos, arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presa de las orejas. Con mucha facilidad salí un águila en esto.

CIPIÓN: No me maravillo, Berganza. Como hacer el mal forma parte de la condición humana, es fácil de aprender.

BERGANZA: ¿Qué puedo decirte, hermano Cipión, de lo que vi en aquel matadero y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero, has de presuponer que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el mayor, son gente desalmada, de conciencia relajada, que no teme al rey ni a su justicia; los más, amancebados; son aves de rapiña carniceras: se mantienen ellos y sus amigas de lo que hurtan.
Todas las mañanas que son días de carne, antes que amanezca, están en el matadero gran cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que, llegando vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con criadillas y lomos medio enteros. No hay res alguna que se mate de la que esta gente no se lleve diezmos y primicias de lo más sabroso y bien parado. Y, como en Sevilla no hay obligado de la carne, cada uno puede traer la que quisiere; y la que primero se mata, o es la mejor, o la más barata, y de este modo hay siempre mucha abundancia.
Los dueños se encomiendan a esta buena gente que he dicho, no para que no les hurten, lo que es imposible, sino para que se moderen en las tajadas que hacen en las reses muertas, que las mondan y podan como si fuesen sauces o parras. Pero ninguna cosa me admiraba más ni me parecía peor que el ver que estos carniceros con la misma facilidad matan a un hombre que a una vaca; por un quítame allá esas pajas, cada dos por tres meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga de una persona, como si se lo clavaran a un toro en el cogote. Rara vez pasa un día sin pendencias, heridas o muertes.
Todos presumen de valientes, y se comportan como rufianes. No hay ninguno que no tenga su ángel de guarda en la plaza de San Francisco, comprado con lomos y lenguas de vaca.”
 

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